Robando Rosas



Tuve ganas de arañar tu fortaleza. Aquella mañana discutimos por lo de siempre...

El café quedó servido sobre la mesa y las tostadas se enfriaron con la gelidez de tu mirada, sin embargo me despedí con un beso cálido. El día transcurrió como de costumbre. Carreras en el área de trabajo. Todos enfocados en lo que parecía importante, más yo no podía sacarte de mi pensamiento. Contaba los segundos para que llegara la hora de salida. Necesitaba verte. Quedaste en recogerme. Salí apresurada despidiéndome de todos con un 'hasta mañana'. Abrí la puerta y busqué rápidamente con la mirada tu silueta, temía que tu enojo se hubiese prolongado y hubieras decidido no buscarme, sin embargo te vi caminando hacia mí. Te veías radiante. Apresuré el paso para llegar a tu encuentro, te besé con ansias, nos habíamos perdonado. Teníamos hambre, pero no tanta como para ir a un restaurante, así que decidimos que una pizza estaría bien. Antes de llegar a casa hicimos una parada. La pizzería Tortellini tenía la mejor pizza in town. Me bajé del auto... tú me seguiste. Una señora mayor cruzaba la calle, llevaba sus manos ocupadas con bolsas llenas de víveres, pero también sostenía la cadena con la que sujetaba a su perrito. En una acción brusca el animal se soltó y corrió sin rumbo, más su temor lo llevó a esconderse debajo de un auto que se encontraba parqueado. Tú pediste que me adelantara y te vi correr a socorrer a la señora , te arrodillaste junto al coche y tendiste la mano para sacar al animal, que un poco desconfiado, ladraba sin parar. Entré en el establecimiento e hice el pedido, todo sucedió muy rápido. Sonaron disparos en la calle, venían de diferentes direcciones. Todos los clientes nos lanzamos sobre el suelo. Mi corazón palpitaba descontrolado. Necesitaba salir a buscarte. Uno de los empleados del local se apresuró en cerrar la puerta, quedamos encerrados con nuestra suerte. Pronto el silencio invadió la calle, de a poco todo pareció volver a la normalidad, excepto por el sonido de las sirenas de los carros de policía que se acercaban cada vez más. Cuando todo pareció estar en paz, quise salir, no me lo permitieron. Sentía angustia. De pronto entró un agente y corrí hacia él. Pregunté. 

Yo: "disculpe, necesito tener información sobre un caballero, él se encontraba ayudando a un cachorro mientras sonaron los disparos. Vestía un traje negro con corbata roja carmesí. 

Agente: " lo siento señora, aquel caballero pereció en la escena."

Mis ojos se llenaron de lágrimas malditas. Sentí dolor e impotencia. No te podía perder, no te quería perder. 

Hoy fue tu funeral. Llené de rosas tu ataúd.


Llegué a casa y encontré sobre la mesa una rosa marchita, la recogí y salí al jardín. Los rosales de la vecina siempre fueron saqueados por tus manos. Doña Elisa renegaba cuando descubría que cortabas sus rosas, yo terminaba regañándote y pagando las flores a tus espaldas, no quería que te enteraras que cada rosa que me regalabas terminaba siendo una compra. Te extraño tanto que plantaré un rosal en nuestro jardín, para ser yo quien robe una rosa cada mañana.


Hilda Hurtado A.

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